Te contamos Al límite, de Martin Scorsesse.

por Julián Malta.

Hacía tiempo que los yanquis no brindaban una mirada tan cruda sobre su realidad social. Vidas al Limite se encarga, literalmente, de tirártela en la cara, con una fuerza que te sacude. Te hace traspasar ese límite difuso que divide los momentos en que asimilamos –hasta lo soportable- la visión de una realidad descarnada.
Transcurridas las primeras escenas (vos quietito ahí!!), vas a cruzar la raya y gracias a la presentación de tres o cuatro personajes originales, únicos en sus tragedias y patías ordinarias, vas a empezar a sonreír –irónicamente, con sus padecimientos.
Martin Scorsesse, aquél de Buenos Muchachos y Casino, con los memorables De Niro, Pesci y Cía, utiliza el relato en off, su recurso predilecto. De esta manera te va a ir metiendo en la trama del anti-héroe: un paramédico, interpretado por Nicholas Cage, torturado por una pena: hace meses que no le salva la vida a nadie y, por si fuera poco, una joven adolescente lo persigue reprochándole el hecho de no haberla salvado. Pero el flaco va a ir de mal en peor, porque la piba ¡esta muerta!. Y el la ve en todos lados (uhhhf). Aparte de ese pequeño detalle: no duerme, se toma hasta el agua de los floreros y alterna con algunas anfetas.
Sus compañeros ocasionales de ambulancia –encima- son un gordo vago y chanta (John Goodman), un maníatico belicista y un negro con misticismos evangelistas: todos mas “crazys” que él.
Pero a pesar de las actuaciones; Cage componiendo un “Leaving las Vegas” menos decrépito, Rossana Arquette, intrascendente y algunas joyitas individuales; la película se basa, esencialmente, en la mirada del director y en el guión.
Vidas al Límite, a diferencia de las clásicas películas de negros y latinos, dónde el cine estadounidense se deleita vinculándolos con la violencia, la droga, la prostitución y los suburbios marginales, estampa en el celuloide su mensaje contundente. ¿Cómo lo hace?. Simple: los personajes, son los habitantes más comunes de cualquier ciudad. Paramédicos, policías, enfermeras y residentes son trabajadores al fin, hijos de trabajadores, inmersos en un entorno rutinariamente caótico.
Tus ojos repasarán barrios y barrios, “fonavis” y de los otros - tal vez como el tuyo- con mendigos harapientos, borrachos crónicos y putas embarazadas yirando; todos conformando el paisaje urbano.
Ante ellos, un sistema de salud y acción social, que no contiene a nadie y que a duras penas –colapsado a decir basta- acomoda enfermos en los pasillos, soporta alcohólicos al volante de una ambulancia y preselecciona pacientes según la gravedad (si llegaste medio comprometido, fuiste).
Cage te la cuenta –ya lo dijimos- y si por ahí se te hace un tanto densa, la banda de sonido a – la – “Tarantino”, te va a llevar a dar una vuelta en ambulancia, a mil.
Entre otras “yapas”, la peli te plantea temáticas “grossas”, como la finalidad de destinar atención a “marginados irrecuperables”, la utilidad de salvarle el pellejo a un narco, o la posibilidad –lisa y llana- de aplicar la eutanasia a un paciente con pronóstico de “fiambre”.
Si te bancás temas jodidos, tratados con ironía ácida y lúcida, te la recomiendo. Es mas bien, una tarro de ... barro (¿qué pensaste?) lanzado irreverente contra la tela mítica yankee: ésa en donde brilla con sus mejores tonos, el “American Dream”.